Decidir es sacrificar. Por eso no tomamos todas las decisiones que tendríamos que tomar. Y eso es carísimo.

Te voy a confesar algo: Hoy me desperté con el canto de los pájaros bajo una tranquilidad absoluta. Solo ese canto rompía el silencio de la primera mañana.
Es que con mi familia decidimos vivir fuera de la ciudad, en un lugar que tenga verde, árboles y espacio para que los niños sean niños. Y que esos niños puedan crecer con nuestra presencia, independientes, pero al alcance de la mano.
Y eso hasta ahora había sido fantástico.

Todo esto que parecía perfecto, ahora tiene un costo que empieza a pesar.
Elegir estar presentes implicó frenar ambición, exposición y crecimiento durante un tiempo.

El sacrificio es sano cuando te acerca a algo.
No cuando te deja quieto.

Y hoy entendí que quedarme tan quieto me incomoda.

Es increíble despertarse de esa manera, pero quizás tanta calma me brindó claridad para pensar que es momento de mover la balanza hacia otro lado.

Por eso empatizo mucho con mis clientes: porque no soy McKinsey.
Yo estoy en las trincheras. Yo también tengo incertidumbre y miedos.
Y también postergo las decisiones porque no quiero sacrificar lo que tengo.

Ya lo dijo Kahneman, preferimos no perder antes que la posibilidad de ganar.
No decidir es preferir no perder. Es quedarnos en la segura.

Pero no hay crecimiento posible sin decisiones, y por ende, sin sacrificios.

Fijate qué decisión estás postergando para no perder… y cuánto te está costando.


-"Y vos quién sos?"
– Soy Nico Bava y también te ayudo a tomar decisiones difíciles en contextos reales. Pero si no decidís hacer algo, no te vas a enterar.