La habilidad que más me ayudó este año la aprendí cuando era niño.
Y creo que es más fácil de desarrollar de lo que imaginás.

Hace poco cumplí 43.
Y no sé por qué, pero la semana de mi cumpleaños siempre me trae recuerdos que no busco.

Aparecen solos, como palmaditas que vienen a contarme algo.
Uno de ellos me llevó a un verano de febrero, cuando la bicicleta era sinónimo de libertad.

Esa tarde, con mi grupo de amigos encontramos una bajada imposible:
empinada, rápida y llena de pozos.

Una mezcla perfecta entre adrenalina y miedo.

Cuando me tocó a mí, no pensé demasiado.
Me tiré.

Y mientras bajaba, lo único que podía repetir era:
“Sostené fuerte el manubrio.”

Una y otra vez.
Los pozos se multiplicaban, la velocidad iba aumentando, pero sólo tenía que hacer una cosa.
Sostener fuerte el manubrio.

No aflojar.
No perder foco.

Llegué entero.
Agitado, feliz, con esa sensación que viene después de atravesar el miedo.

Y este 2025, me encontré exactamente ahí. En una bajadita empinada.
Con pozos, curvas y todo lo que se te ocurra.

El negocio me sacudió.
Hubo miedo, hubo adrenalina, hubo alivio.
Y entre tanto ruido, lo único que me salvó fue recordar esa frase:
Sostené fuerte el manubrio.

Cuando el agotamiento es total, el foco se vuelve simple.
No mires el destino final.
Mirar lejos abruma.
Mirar cerca sostiene.
Elegí un objetivo pequeño.
Uno.
Y sostenelo.

Porque en los momentos difíciles no necesitás velocidad.
Necesitás dirección.
Necesitás seguir en movimiento.
Necesitás, simplemente,
sostener fuerte el manubrio.

Soy un excelente copiloto, de los que te ayudan a sostener el volante cuando todo está complicado.
Me quedo un rato al lado tuyo, hasta que todo esté en orden.
Y luego te saludo de lejos mientras llegás a tu meta por tus propios medios.

Si te parece que tu 2026 puede necesitar algo así,
estoy a un mensaje de distancia nada mas.