Escuchar episodio
Transcripcion
Editada para lecturaEl mundo entero tiene que saber lo que hacés. De esto no hay vuelta. No solamente qué es lo que hacés — también que lo sabés hacer y cómo se va a beneficiar quien trabaje con vos. Está lleno de oportunidades perdidas por personas que son capaces pero no supieron venderse a tiempo. Yo no quiero que seas de esas personas.
Algo que tenemos que tener en cuenta para empezar a resolver esto: si vos no contás lo que hacés, nadie se va a enterar. Tenemos que contar lo que hacemos en cada rincón de los espacios que habitamos. Cada persona que te conoce, que tiene algún tipo de contacto con vos, tiene que saber lo que hacés, qué te gusta hacer, qué problemas te gusta resolver y qué tan bueno sos en eso.
Lo principal antes que cualquier método es animarse. Muchas veces lo que nos sucede es que nos da vergüenza vender, nos da vergüenza vendernos. Pero el primer paso es animarse. Después que te animás vas puliendo el mensaje, lo vas mejorando. Como la mayoría de las cosas, te vas haciendo bueno en la medida que lo vas haciendo. Mientras difundís tu mensaje vas encontrando un tono, vas encontrando en qué momento es adecuado intervenir.
Y mientras ganamos experiencia, indefectiblemente nos vamos sintiendo más seguros de lo que hacemos y de lo que somos capaces. Esta construcción fortalece nuestra marca. Que nosotros estemos más seguros de nuestro emprendimiento, de nuestra profesión, nos hace más fuertes como marca. Porque en la siguiente vez que demos nuestro discurso vamos a ser más fuertes que la anterior — tenemos una convicción adentro que se plasma en el discurso, en la voz, en todo. Se va volviendo un mensaje mucho más lindo de escuchar.
Dentro de los elementos para la autopromoción, algo fundamental es saber qué decir y a quién decírselo. Una metáfora que siempre me queda dando vueltas: tiene que ser como el canto de un pájaro, omnipresente y agradable. Que se escuche en todos lados y que sea agradable de escuchar. Que nuestro canto sea tan lindo que la gente haga silencio para escucharlo, y tan agradable que quieran compartirlo con otros. Lo vas a decir vos, y si es bueno, lo van a reproducir otros por vos.
¿Para qué hacemos autopromoción? Primero, porque es la herramienta número uno de promoción — es lo que podemos hacer nosotros mismos. Nos da visibilidad. Que no ocurra algo muy común: que nuestros círculos más íntimos no sepan bien de qué vivimos. Ellos van a ser también los primeros promotores de nuestra actividad.
Cada vez que presentamos lo que hacemos nos volvemos más fuertes, nuestra marca se vuelve más grande y nosotros más seguros. Cuanto más personas conozcan lo que hacemos, se genera confianza y credibilidad — algo difícil de construir, pero que vamos haciendo crecer con estas pequeñas acciones. Y cuanto más gente sepa lo que hacés, más oportunidades de negocio y de trabajo se van a abrir.
Otra pregunta que surge: ¿me sirve si no tengo un negocio? La respuesta siempre es sí. Si tenés un emprendimiento, es obvio — ese emprendimiento necesita difusión. Pero si trabajás en relación de dependencia también aplica. Capaz que tu trabajo está bueno, pero que seás uno de los mejores no es suficiente si no lo contás. Está bueno contar aquello que te gusta hacer o aquello que se te da bien. Vas generando un relato alrededor de lo que a vos te apasiona — entonces van a conocer aquello que querés hacer, no solo lo que tenés ahora.
Fundamental: hablar de lo bien que te sentís mientras trabajás, de lo bien que te sentís mientras resolvés esos problemas. Automáticamente te va a dar una sonrisa, y esa sonrisa aumenta un montón el valor del relato.
Si no queremos improvisar, lo que podemos hacer es generar un pitch — una presentación breve y concisa. Armarlo nos va a ayudar a tener la seguridad de saber lo que tenemos que decir, a ordenar las ideas y a practicarlas. Después, cuando tengamos que dar un relato, va a ser mucho más sencillo.
Para mí, un buen pitch tiene que estar bien pensado y practicado, pero siempre dejamos un porcentaje al azar del momento. Tenemos que hacer carne de ese relato — que esté dentro nuestro — y después no lo repetimos de memoria: nos va a fluir, va a ser tan natural que va a salir emanado de nuestra piel. Se va a ver natural pero va a estar muy bien argumentado.
A grandes rasgos, para armar un buen pitch:
Primero, identificá tus puntos fuertes. ¿Qué sabés hacer bien? ¿Qué problemas resolvés? Hacé una lista y después armá un relato.
Segundo, conocé a tu audiencia. ¿A quién le vas a hablar? ¿En qué contexto lo vas a entregar? Es fundamental saber a quién le hablás para saber cómo armarlo.
Tercero, tené una declaración de posicionamiento. Por qué sos diferente al resto, qué te hace único. Este posicionamiento te pone en algún lugar, te da una opinión sobre cómo resolver un tema — y eso te eleva y te separa del resto.
Una estructura básica que se usa mucho: introducción breve de qué hace tu negocio y cómo podés llamar la atención del otro; el problema que existe en el mercado; cómo tu solución resuelve ese problema; cómo las personas se benefician; y siempre un llamado a la acción — que te contacten, que te visiten, que te pregunten. Si no invitás al otro a hacer algo, la persona queda escuchando todo y no sabe qué hacer con eso.
Lo ideal es que puedas practicar el pitch cuanto más puedas, para hacer lo que dije antes: que se haga carne, que sea parte de vos, que lo puedas decir con una naturalidad que haga que la otra persona se quede escuchándote.
Y algo fundamental: que nunca quede cerrado. No es un discurso rígido — depende mucho de la situación. Si estás en una conversación coloquial y te preguntan qué hacés, va a ser un relato. Si se te presenta una oportunidad de negocio, va a ser otro. Si tenés que hacer un elevator pitch y tenés poco tiempo, también hay que adaptarlo. Lo importante es tener una columna vertebral bien sólida y saber cómo resolverlo en cada situación.
Puede ser tedioso pensarlo y armarlo, pero te puedo garantizar que si te sentás a escribirlo y a practicarlo, la seguridad con la que después vas a hablar de tu trabajo es otra — y eso suma un montón. Podés ser el mejor en lo que hacés, pero si no lo contás bien, la percepción que le queda al otro va también en tu actitud y en cómo lo contás. Si estás inseguro, el otro no se va a quedar muy confiado de que realmente sos muy bueno en eso.
Tenés que hacer que al otro le importe lo que tenés para contarle. O resolvés un problema que tu audiencia tiene — y eso va a ser el principal motivo por el que quieran escucharte — o hacés que tu relato sea tan interesante que se queden hasta el final por el simple hecho de que está bueno lo que estás contando. Siempre pensando que la atención del otro es finita.
Y por último: empezá ahora. La próxima persona con la que te cruces que no conozca muy bien lo que hacés — tirале un mensaje, un subliminal, para que aparezcas en su mapa mental cuando piense en aquello que vos hacés. Sacate el miedo de la primera vez. Después vas a ir mejorándolo y te va a resultar cada vez más fácil.